Decir siempre otra cosa: la sociología de Ricardo Sidicaro
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Nico S.
Sejas, N. (2025, 3 de junio). Decir siempre otra cosa: la sociología de Ricardo Sidicaro. nicosejas.ar. https://nicosejas.ar/blog/textos/decir-siempre-otra-cosa-la-sociologia-de-ricardo-sidicaro/
Ricardo Sidicaro (1941-2025) formó parte de una generación de sociólogos que se formaron en la Universidad de Buenos Aires bajo la dirección de Gino Germani, en un momento de constitución de la disciplina marcada por el cientificismo y el deseo de dotar a las ciencias sociales de rigurosidad metodológica. Su formación se completó con estudios doctorales en París, en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, donde profundizó su formación en diálogo con las tradiciones europeas. Su director de tesis doctoral fue Alain Touraine. Durante los años de la dictadura militar, su vida tomó el rumbo del exilio, como la de tantos otros intelectuales perseguidos. Una vez restablecida la democracia, regresó al país y se integró a los equipos de investigación del Instituto Gino Germani y del CONICET, donde su trabajo se consolidó como uno de los más sistemáticos y lúcidos del campo de la sociología política argentina.
A lo largo de su trayectoria, Sidicaro defendió una forma de hacer sociología que evitaba los lugares comunes de todo tipo, así como también los recursos estilísticos del ensayismo literario. Prefería un lenguaje despojado, ajeno a las florituras retóricas, atento a los datos y a los marcos conceptuales de las tradiciones sobre las cuales se funda el pensamiento sociológico. Por eso, su afinidad con Durkheim, Weber y Marx no se limitó nunca a una lectura erudita, sino que se traducía en un esfuerzo por aplicar esos marcos a la comprensión de los procesos políticos de nuestro país. Más adelante, su predilección por Pierre Bourdieu también se volvió una marca registrada de sus análisis, sobre todo en relación con las formas de dominación simbólica y la función ideológica de ciertas instituciones.
Una de sus convicciones más fuertes fue mantenerse fiel a la idea de que la sociología debía hacer preguntas incómodas sin ceder a la espectacularización de las respuestas. Su oposición al estilo ensayístico que predominó en algunos sectores del pensamiento crítico argentino no fue tanto una disputa personal como una diferencia epistemológica. En el fondo, se trataba de dos modos distintos de concebir la intervención intelectual en la arena pública: mientras algunos apostaban por una escritura barroca, poblada de metáforas y afectaciones, Sidicaro creía en el poder de los conceptos rigurosamente definidos y en la necesidad de contrastar las afirmaciones con evidencia empírica. Esa diferencia se plasmó también en sus posiciones públicas: quizás el sociólogo Horacio González encarnaba, a sus ojos, la figura del intelectual comprometido que hacía de la escritura un acto de creación estética; Sidicaro, en cambio, se aferraba a una práctica menos visible y no por ello menos política: la de analizar estructuras y trayectorias asumiendo la densidad de los procesos históricos.
Su tarea docente y editorial también expresó esa vocación. Dirigió la colección Estudios Durkheimianos y coordinó la revista Sociedad en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. En ambos espacios procuró sostener un perfil de intervención académica donde la argumentación rigurosa se antepusiera a los posicionamientos partidarios. Nunca buscó el aplauso ni el escándalo, sino la claridad conceptual. Su método —si puede llamarse así— consistía en desarmar las ideas recibidas con preguntas simples e incisivas, y volver a organizar el pensamiento desde un punto de vista que evitara la romantización de las cosas. En su boca la sociología siempre fue lógica, provocadora, ácida, mordaz, y generaba fascinación en el auditorio.
En sus últimas intervenciones, Sidicaro mantuvo una postura desencantada frente a la realidad política argentina. Nunca cedió a la tentación de los diagnósticos simples ni los entusiasmos fáciles. Se mantuvo fiel al ethos sociológico: observando los hechos antes de juzgarlos. ¿Caso de qué regla, caso de qué teoría, es la realidad que se observa? Esta pregunta era el corazón de su manera de ejercer el oficio.
En 2022 publicó su último libro, una obra en la que volvió con obstinación sobre los tres padres fundadores. Con ese libro, su último mensaje, quería mostrar cómo los clásicos habían pensado su tiempo a partir de las crisis que atravesaban sus sociedades, y de qué manera esas herramientas conceptuales podían todavía iluminar las paradojas del presente. No era nostálgico: volvía a Marx, Durkheim y Weber para formularse preguntas pertinentes ante fenómenos que, si bien distintos, conservan aún afinidades con las crisis que esos sociólogos también enfrentaron. Por eso, en cierto modo, esta última obra condensa todo su estilo: compromiso cognoscitivo y distancia emocional para comprender y explicar la realidad social buscando decir siempre otra cosa. Para Sidicaro, hacer sociología era decir siempre otra cosa.
Hasta el final de su vida, Sidicaro siguió siendo un profesor y un maestro en el sentido más noble del término. Sentía una predilección particular por la carrera de Sociología de la Universidad Nacional del Litoral: su escuela. Durante más de dos décadas dio clases en la materia Introducción a la Sociología para ingresantes. Quienes fuimos sus alumnos sabemos la combinación de humor ácido, paciencia docente y lucidez intelectual con la que recibía a estudiantes que muchas veces estaban tomando contacto por primera vez con el pensamiento sociológico. A diferencia de otros intelectuales que con el tiempo se alejan de las aulas para disfrutar de las mieles de su consagración, Sidicaro eligió siempre este espacio inicial para seguir formando a los sociólogos del litoral.
Para definir la vocación sociológica recurría siempre a un chiste distinto. Las primeras definiciones de sociología entre los ingresantes nunca se olvidan. A veces parafraseaba a Borges, en otras tenía ocurrencias más elocuentes. Por ejemplo, para enseñar que las crisis nos permiten descubrir cómo funciona una sociedad, una vez dijo: “Los sociólogos son gente horrible que disfrutan la catástrofe”. Se nos fue alguien que a muchos incomodaba porque nos hacía pensar.