Ensayo·Colección Sueño con un autor

La confesión del poeta F.

Una técnica

Nico S.

Enero de 2015 3 min de lectura
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Sejas, N. (2015, enero). La confesión del poeta F. nicosejas.ar. https://nicosejas.ar/blog/textos/la-confesion-del-poeta-f/

El poema sobre la confesión de F. puede interpretarse como una reflexión sobre el método para escribir poesía oral. Digamos, groseramente, que es como si estuviésemos ante la emergencia de la epistemología de la poesía oral. Esa epistemología, como toda reflexión de segundo orden, es medio y fin al mismo tiempo. La reflexión permite el texto, y el texto refleja la forma de reflexionar. El poema, entonces, tiende a la tautología.

“¿Cómo hacer para llenar una hoja en blanco?” Así arranca. Y termina: “A veces creo que escribo para confesar algo”. En el medio, “aparece la idea” (que “a veces tarda años”).

La idea se convierte así en el vector de la poesía, pero no es su esencia. “La idea no nace o se hace, la idea hace. Es ella quien interviene el desorden”. La idea es un procedimiento.

¿Para qué sirve la idea? Para provocar un cambio en el estado de cosas de nuestro pensamiento. La idea reordena. ¿Y qué reordena la idea, el tema del poema? ¿Reordena la memoria? No. La idea reordena la anécdota: la transforma en otra cosa. La materia prima de la poesía es la anécdota.

Por eso: “la anécdota… es valiosa. Es oro en los bracitos piratas de la idea. [Porque] La idea necesita la anécdota. La anécdota exagerada, estúpida, situacional, mediada por el boca en boca, secreta o rumor, ficticia o fáctica. La anécdota seduce al escritor empedernido, lo hace sentir ideario, arquitecto de cada edificación que construye su memoria.” De ahí que: “A veces creo que escribo para confesar algo”.

¿Cuál es la idea que se confiesa aquí? La definición de poesía. ¿Qué es la poesía oral? Es un modo de narrar anécdotas. El que mejor lo haga, gana; para eso inventaron el slam y sus reglas. De ahí también que cualquiera pueda participar (al fin y al cabo, ¿quién no tiene anécdotas?). El slam es el espacio para convertir la vida cotidiana –por cierto, lo único que tenemos– en poesía. Así, cualquiera puede sentirse artista.

Ahora bien, si aceptamos que la poesía oral es un modo de contar anécdotas y que gana quien mejor las cuente, aún queda definir sus límites.

La anécdota supone una experiencia. La poesía oral, para vivir, necesita de un cuerpo que experimente el devenir de la existencia cotidiana; que se aferre a esa experiencia. ¿Quiénes no podrían entonces hacer poesía oral? ¿Quiénes no son capaces de comprenderla? Quizás aquellos que han sufrido demasiado sus recuerdos. Por esa razón, “la memoria es el peor de los motores de la escritura”. La memoria, razón suficiente de la historia, no sirve para hacer poesía oral porque aquí contar experiencias implica hacer narrar al cuerpo. El cuerpo se recita.

Por último, La confesión de F. no necesita de críticas positivas o negativas; logró liberarse de las opiniones estéticas. Su escritura satisface a su autor porque encontró el secreto de su estilo.

F. ya lo sabe; sin embargo, el placer que le generan sus textos no le permite apreciar las consecuencias de su hallazgo. ¿Hacia dónde lo llevará la narración de sus propias anécdotas? ¿Cuánta poesía más desea recitar? ¿Por qué se necesita confesar?

Quienes se confiesan buscan el perdón. La confesión, entonces, permite ver los contornos de esa forma de hacer poesía oral. Podemos explotar la mina de las anécdotas, pero sólo al despegarnos de esa experiencia sabremos cómo definir el concepto. Ir más allá.

La poesía oral está germinando, sí. Pero el poeta F. es como una crisálida. Y dice el dicho: “Pueden susurrarle a la crisálida, pero la criatura sigue a su propia naturaleza”.

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