Literatura·Colección Me esfuerzo, luego publico

Alucinación en la salutación

Nico S.

Julio de 2010 2 min de lectura
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Sejas, N. (2010, julio). Alucinación en la salutación. VIENTO.DATA.SUR. https://nicosejas.ar/viento-data-sur/textos/alucinacion-en-la-salutacion/

Con una frase de tarjeta de feliz cumpleaños, el ingeniero francés Laclair (1922-1986) respondía una de las mil misivas que el odontólogo argentino Febbraro envió al mundo inspirado por el alunizaje. Sabemos que Laclair y Febbraro no se conocían, eso es seguro: ambos tenían profesiones diferentes, paredes de distinto color en sus oficinas y no hablaban el mismo idioma (más por falta de interés en la música que por los excesos de consonantes en las capitales de Europa). Sin embargo, bastó que hiciese frío para que el coterráneo desatara una guerra de proporciones léxicas que ningún meteorito podría haber descafeinado jamás.

Hablamos, claro, de 1969.

Los motivos de esa guerra por supuesto que no se relatarán. Demasiadas palabras han causado ya una desfavorable pérdida del sentido como para también explicar cosas que cualquiera podría imaginar por experiencia propia. De hecho, conviene más la belleza de la metáfora que serles fiel a los hechos de la Historia, sobre todo cuando, revolviendo una leche chocolatada, uno se acuerda de que es como el río de Heráclito.

No obstante, lo cierto es que esta guerra fascina desde esa época a antropólogos y amas de casa. Hasta tal punto llega el interés que las pilas de todo el mundo ya agotaron las agujas de los relojes. Incluso, pocos se han cuestionado el grado de inconsciencia que se necesita para descaptar la dimensión abrochadora que la frase de Laclair generó.

¿Es inútil entonces esbozar una síntesis con tantas posturas antagónicas? Sí. Y mucho peor aún cuando la elocuencia, por definición, siempre es ajena. Después de todo, ¿a la luz de qué derecho podríamos demostrar la existencia de Dios si el agua para el té no se calentó lo suficiente?

En fin, por esto fue la guerra. Mientras que algunos pueden darse cuenta de que los números, antes de ser números, son también palabras, el resto desesperadamente se esfuerza por convertirse en artista.

Y el día que terminemos con este perverso círculo vicioso, la obviedad será más que compleja. Porque en alguna parte del mundo, cuando, cada veinte de julio, algunos se digan entre sí «feliz día», se quedarán queriendo los que saben que para entenderse entre sí las palabras basta con que sean pocas.

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