Crítica de Andamio
Nico S.
Sejas, N. (2012, diciembre). Crítica de Andamio. VIENTO.DATA.SUR. https://nicosejas.ar/viento-data-sur/textos/critica-de-andamio/
Proponemos discutir las relaciones internas de una agrupación estudiantil en términos de ética política. La ética supone una forma de vida puntual, una concepción del mundo que hace vivir de cierta manera y no de otra; implica sostener en el tiempo los valores que definen el accionar de la agrupación.
Por lo que estudiamos en la carrera, sabemos que “el origen social”, “el género” y las “desiguales distribuciones de capitales” son las principales causas de las “injusticias” y de las asimetrías: privilegian a algunos y “oprimen” a otros. Detectar la influencia de semejantes variables en microcosmos tan familiares como una agrupación estudiantil es muy complicado; sin embargo, hay situaciones cotidianas que ameritan su reflexión.
Reflexionar sobre ellas supone pensar sociológicamente la realidad; y, en su sentido político, pensarla supone “develar los mecanismos de dominación que generen injusticias sociales”. Dicho así, parecería que el único interés radica en las formas estatales de dominación; se trata, no obstante, fundamentalmente de las formas invisibilizadas que operan sobre la vida cotidiana de las personas: a nivel de la interacción. Para eso, uno camina por la vida haciéndose la siguiente pregunta: ¿Qué genera desigualdades entre las personas con las cuales nos relacionamos? ¿Y cómo puede uno a contribuir a que este tipo de situaciones se revierta?
Ciertamente, es una manera de pensar cuyos razonamientos no son fáciles de transmitir, básicamente porque “incomodan”.
Crítica de la ideología igualitarista
Las desigualdades de origen
En primer lugar, el discurso acerca de la “horizontalidad” contribuye a generar una “ideología igualitarista” que no favorece la visibilidad de las desigualdades de origen y género. Las desigualdades de origen, que en el mundo universitario se traducen en privilegios culturales, provocan entre quienes militan que algunos tengan más facilidad para encarar debates y discusiones, proponer y ejecutar tareas e imponer un punto de vista. Se dice “imponer” porque, aunque parezca lo contrario, no es la argumentación lo que predomina.
¿Por qué si no alguien habría tardado tanto tiempo en hablar más y más en las reuniones, en discutir y plantear problemas? ¿Y por qué otro, hablando menos, logra persuadir más rápido? ¿O por qué dos militantes con prácticamente la misma fecha de ingreso a la agrupación terminan desempeñándose uno en actividades prácticas (”le pone el cuerpo”) y el otro en actividades que sólo implican planificación de estrategias y tácticas y/o reflexión? Más aún, ¿por qué este último puede llegar a sentir que recibe un mayor “reconocimiento” habiendo hecho muchísimo menos?
La ideología igualitarista -que crece a medida que los militantes se convencen de que son horizontales- tampoco deja ver que en toda agrupación opera una “división del trabajo”. Cada uno cumple un rol específico y desarrolla tareas que parecen diferentes pero parten del mismo principio de clasificación de la realidad: hay actividades prácticas y otras intelectuales, acciones mundanas y otras más elevadas.
Estar en la mesita, repartir volantes, ir a los cursos o hacer carteles son prácticas militantes que todos realizan, pero que cada uno experimenta de manera distinta. Algunos las hacen con vocación y orgullo; otros, como una obligación; otros, directamente, sienten que contribuyen a la agrupación con actividades mucho más importantes (ir a comisiones, escribir un comunicado, reunirse, etc).
No se trata de decir que “hay compañeros más comprometidos y compañeros que se abusan de ese compromiso”. Se trata, por el contrario, de sostener que todos están comprometidos; lo que ocurre es que ese compromiso está desigualmente distribuido, porque la ideología igualitarista no permite ver las diferencias que los “distinguen”.
Y lo que distingue es el “volumen y la estructura de capitales”. En una agrupación hay una tensión entre, al menos, dos capitales: el capital cultural (cuyo indicador es la historia académica) y el capital militante (cuyos indicadores son los roles asumidos en distintas experiencias militantes: hablar en asambleas, reunirse, ocupar cargos, manejar el conocimiento práctico del mundillo estudiantil, saber diseñar panfletos, etc.). Todos tienen ambos capitales, pero la hipótesis es que están desigualmente distribuidos. Así, hay militantes que son ejemplares de un volumen muy alto de capital militante; otros, en cambio, son exponentes de un reconocimiento que se sostiene en su capital cultural acumulado.
Vale repetirlo: no estamos diciendo que haya compañeros que no militan, sino que la militancia de cada uno es percibida (”reconocida”) de manera diferente según los casos. En efecto, como todos poseen una combinación de capitales distinta, evalúan y conciben la militancia de formas que a veces resultan antagónicas.
¿No es acaso esta una explicación interesante para comprender cómo y por qué se produce, antes de las elecciones, una tremenda discusión entre quienes se reconocen por su capital militante y quienes se reconocen por el cultural? ¿No es acaso esto lo que quizás define cómo se arman las listas? ¿Y no explica también por qué el descompromiso a la hora de asistir a la mesita o pasar por los cursos se reprocha, no tanto con palabras, sino más bien con gestos, miradas o tonos de voz?
Pueden observarse dos tipos de conducta, que vamos a llamar de esta manera: el homo militans (caracterizado por un altísimo grado de compromiso y una fuerte integración, que vive y se desvive por la agrupación y cuyos sentimientos hacia el grupo son “altruistas”); y el militans diletant (que experimenta la militancia como una aventura propia de esta etapa de su vida). Y cuando hablamos de “vivir la militancia como una aventura” nos referimos a un deseo por probar cosas “nuevas”. (Por cierto, no sería extraño que en las próximos años, encontremos en la facultad más estudiantes que se suman a participar motivados por esta búsqueda).
Ambos son tipos ideales de militancia. Con seguridad todos combinan elementos de las dos clasificaciones y, aunque en la realidad es más complejo observarlo, los conceptos (incluso mal acuñados) sirven para interpretar decenas de acciones y situaciones. No remiten a una entidad concreta (un nombre y un apellido), sino a un principio generador de prácticas; es decir, a un habitus.
El habitus de una agrupación pendula, entonces, entre un compromiso altruista y un compromiso diletante: entre exigir que se cumplan los horarios de la mesita y experimentar qué se siente participar de un escrutinio; entre dejar de cursar y rendir para militar y poner a prueba la disciplina con la militancia; entre adentrarse en la aventura de organizar una Jornada o un Encuentro y hacerlo sistemáticamente todos los años. El origen material de todas estas diferencias es la entrega de “tiempo”. En “tiempo” se mide el compromiso y el descompromiso, la pertenencia al grupo y el ser “de los nuestros”; y, fundamentalmente, en “tiempo” se mide la confianza.
¿Alguien dudaría de quienes hace años son parte de la agrupación? ¿Alguien no se entregaría a ellos para confesarles una intimidad? Y si es así, ¿no son ellos los verdaderos administradores de las condiciones de cohesión y organicidad? ¿No son quienes convencen a todos de participar en las elecciones de Centro cuando varios todavía titubean, y quienes una y otra vez refuerzan la unicidad del grupo cada vez que colocan la figura de un rival como un modelo a no-seguir? ¿No son, acaso, el ejemplo máximo de eso que se llama “ética política” de la agrupación?
No se recrimina, no se enjuicia, no se acusa: solamente proponemos una manera de reflexionar para entender por qué pasan algunas cosas y no otras. El discurso acerca de la horizontalidad, entendida como un deseo de ausencia de asimetrías, colabora en la construcción de una ideología igualitarista que no deja ver que los militantes son diferentes y que, incluso, a pesar de la hermosa diversidad que tanto caracteriza a las agrupaciones, también entre sus integrantes operan los privilegios de cuna.
Las desigualdades de género
Hasta aquí se habló de las desigualdades de origen; corresponde ahora repasar situaciones en las que parecen operar desigualdades de género. Al igual que antes, la ideología igualitarista impide reconocerlas a tiempo, y sin embargo están presentes hasta en los momentos más cotidianos y menos previsibles.
Hay desigualdad de género cuando, haciendo interminables carteles, las mujeres se dedican a pintar y los hombres a construir la base de los afiches. La hay también cuando, en los encuentros, ellas se ocupan de lo culinario (cocinar, preparar la mesa, servir) y ellos de las tareas más pragmáticas (ir a comprar la comida, hacer los cálculos para dividir gastos). Estas divisiones de tareas están naturalizadas y son muy difíciles de romper; por eso cuesta reconocerlas. Pueden observarse, sin embargo, y es casi seguro que se repiten a diario aunque no se advierta. Tal vez no sean sistemáticas, pero aparecen cada vez que se baja la guardia en esa suerte de “vigilancia de género” que sirve para evitar heterosexismos y misoginias.
En lo que respecta a sexualidades, una agrupación puede ser un espacio donde nadie se sienta discriminado y donde uno pueda moverse con mucha comodidad. Sin embargo, no todos los militantes aprovechan en igual medida las condiciones óptimas que este espacio ofrece para la diversidad. Habría que preguntarse qué barrera frena todavía esa felicidad posible; hacerlo es una responsabilidad moral.
Y la única posibilidad es estando atentos: las diferencias de género existen y ninguna agrupación está exenta de su padecimiento. Los comportamientos naturalizados son, justamente, los más complejos de identificar.
Horizontalidad y asimetría
Vamos a especificar ahora qué entendemos por “horizontalidad”. Con esa palabra nos referimos concretamente a un tipo de relación social en la que predomina una “sociabilidad pura”; es decir, una “sociabilidad desinteresada”. Esto significa que las personas que interactúan no tienen ningún tipo de interés, consciente o inconsciente, al vincularse con la otra. Por eso, esta horizontalidad implica una “no-asimetría”.
Ahora bien, es imposible que exista una sociabilidad pura cuando se milita y se hace política, porque la política, por definición, implica la existencia de dominación. ¿No se está, acaso, luchando en tanto agrupación contra alguien a quien se supone con más poder? La horizontalidad puede existir en otros ámbitos, pero no dentro de los juegos políticos.
Habría que sincerarse respecto de este principio rector y reconocer que nunca se logrará ser plenamente horizontal. ¿Por qué? Porque para serlo habría que dar una lucha política entre los propios militantes, una lucha que nadie está dispuesto a empezar; o que, si se empezara, recibiría el rótulo de “debate”. La frase “somos lo que hacemos para dejar de ser lo que somos” sintetiza a la perfección este razonamiento.
Para concluir, en vez de preocuparse por “ser horizontales” habría que tratar de ser menos asimétricos. Con ello se quiere decir que no se va a dejar de ser des-iguales, pero sí pueden encontrarse formas de empezar a reducir o compartir los privilegios. En efecto, si no se los puede abandonar, al menos hay que intentar que todos disfruten de ellos. Para eso, se propone:
Mezclarse. Trabajar con compañeros con quienes no se está acostumbrado a trabajar, o que son muy diferentes, y hacer el esfuerzo de aprender lo que tienen para dar y de compartir lo que uno puede ofrecer.
Intercambiar roles. Colocar a militantes muy acostumbrados a realizar cierto tipo de actividades en situaciones completamente diferentes.
Abandonar los “criterios de evaluación de militancia” basados en la relación compromiso/tiempo; es decir, despreocuparse de si A o B dedica mucho o poco tiempo a la agrupación, o de si su compromiso es alto o bajo. Es preferible construir entre todos criterios más operativos: por ejemplo, en vez de preguntarse qué hace un compañero para que la agrupación exista, preguntarse qué hace para que funcione.
Hay que generar más momentos rituales, organizando salidas y comidas: encuentros en los que se pueda construir, además de un compromiso militante, una relación de amistad. Es cierto que un grupo de amigos no es una agrupación política; pero se sostendrá en el tiempo no importa cuál sea la “crisis política” que eclosione. De allí la importancia de la integración por encima del adoctrinamiento.
Violencia productiva e improductiva
La violencia es la consecuencia necesaria de las relaciones de asimetría. Sus manifestaciones pueden ser materiales o simbólicas, con consecuencias explícitas o implícitas. Existe una correlación positiva entre asimetría y sufrimiento, por lo que eliminar la primera es necesario para evitar el segundo; así, la lucha contra las asimetrías se convierte en un acto de justicia. Hay justicia cuando cada uno, habiendo dado según sus capacidades, obtiene la satisfacción de todas sus necesidades; y hay injusticia cuando algunos dan mucho y obtienen poco, o dan poco y obtienen mucho. La violencia, entonces, comprende todos los mecanismos usados a raíz de relaciones asimétricas: algunos grupos la usarán para perpetuarlas, otros para revertirlas.
De ahí que, en su aspecto político, la violencia se clasifique mejor por su “para qué” y no tanto por su “cómo”. Frente a una práctica violenta conviene preguntarse en qué medida es productiva.
Amenazar a un militante durante un escrutinio es un acto de violencia improductiva. ¿Qué sentido tiene hacerlo? ¿Para qué amenazarlo? ¿Qué se logra? También es violencia simbólica improductiva insultar a un militante rival, por más que se lo deteste.
En este mismo sentido, es criticable la subestimación constante de las demás agrupaciones, algunos en mayor medida que otros. Siempre estamos creyendo que somos mejores que los demás, cuando hay decenas de cosas que se podemos aprender (para bien y para mal) del resto. No se las aprovecha porque nos sentimos autosuficientes.
Lo mismo vale para los conflictos con una agrupación rival cuando se los lleva al nivel del odio personal: es violencia improductiva. No genera nada, no sirve para nada, salvo para cohesionar al grupo en torno a un otro-diferente. La cohesión y la organicidad habría que trabajarlas, en cambio, en torno a un proyecto político distinto.
Hacia el interior de la agrupación también hay conflictos de desarrollo absolutamente violento, como el que se produce entre un fuerte altruismo militante y otra forma de militancia, no por ello menos comprometida, sino más bien pragmática. Quienes militan de este modo aportan reflexiones siempre tendientes a la praxis y las plantean como líneas generales a seguir. “Ponen el cuerpo”, pero al modo que sus posibilidades materiales (trabajo, formación, etc) les permiten. No es fácil ver a tiempo que estas dos maneras de militar conviven dentro del grupo y que, de tanto en tanto, generan conflictos. Para evitarlos es importante empezar a comprender qué piensa y qué siente el otro, y por qué hace lo que hace lo que hace o dice lo que dice.
Por otra parte, que un militante entregue cuerpo y tiempo a la agrupación se explica por el “permiso” que el grupo le da. Ese militante paga su pertenencia con tiempo: con cuatro años de carrera estancada. Cuando acumula suficiente experiencia militante (que se traduce en la construcción de una identidad militante), reinvierte su tiempo en la trayectoria universitaria; es decir, busca el otro “capital” que la pertenencia a la agrupación exige: la historia académica. Según nuestra hipótesis, a mediano plazo eso producirá un reposicionamiento suyo dentro del espacio de la agrupación. ¿Dónde está la violencia? En la exigencia del grupo. O en el hecho de que, siendo la agrupación su principal grupo de referencia, nadie hace lo suficiente para revertir la situación
Formación política
Para terminar, la mayoría de los problemas de relaciones internas se deben a la falta de formación política de muchos integrantes. El diagnóstico es que se gasta mucho tiempo hablando de un adversario porque no se entiende lo que está pasando en el campo político local, regional y nacional. Es fundamental atacar esta deficiencia, al menos si se pretende adscribir en serio a una agrupación que entienda su época y pueda sobrevivir al egreso de sus militantes.
Falta un proyecto. Para eso, hay que tomar posiciones y definiciones sobre temas tanto a nivel universitario, como local, regional y nacional. La ausencia de formación política es el déficit más grande. Con esto no se quiere decir que todos estén “vacíos de política” y que, por ende, deban “rellenarse” con información, coyuntura y actualidad: algunos tienen muchísima formación y otros prácticamente nada. Esa desigualdad en las condiciones para generar definiciones y posiciones tiene dos efectos: por un lado, atenta contra la horizontalidad interna; por otro, impide ser auténticamente estratégicos a la hora de consolidar tácticas y llevar una idea a la práctica.
Sin proyecto, sin formación y sin estrategia, “la jaula de hierro” del colectivo tarde o temprano “se quedará vacía”. Sus integrantes se habrán convertido en excelentes jugadores del juego político universitario (sabrán armar listas, participar de elecciones, sostener un escrutinio), pero muchas de sus acciones habrán perdido su sentido. Y si llegado el caso, ese es el balance colectivo, no hay de qué tener miedo: hay que barajar de nuevo y apostar por el cambio. Nos tenemos que permitir poder cambiarlo todo, excepto la utopía.